Todavía faltan 15 meses para el Mundial de 2026. En términos deportivos, eso es una eternidad. Y también es un tiempo considerable si se tienen en cuenta las vacilaciones políticas del presidente estadounidense, Donald Trump.
Sin embargo, el anuncio del plan arancelario conocido como el "Día de la Liberación", realizado este miércoles, podría haber hecho muy probable que la relación política de Estados Unidos con la mayoría de las 45 naciones clasificadas para competir el año que viene —sin mencionar a los coanfitriones México y Canadá— sea más tensa en ese momento que ahora.
El resultado podría ser una Copa Mundial marcada por dramas y simbolismos políticos con más frecuencia que cualquier otro torneo en la historia reciente, incluso más que los dos últimos en Rusia y Qatar, países que fueron fuertemente cuestionados por su historial en materia de derechos humanos.
Las posibles fallas están prácticamente por todos lados: desde los desafíos logísticos vinculados a los viajes de los aficionados internacionales, hasta las relaciones cada vez más tensas con México y Canadá, pasando incluso por la propia composición del seleccionado masculino de Estados Unidos.
Raíces de USMNT
Pero uno de los focos de conflicto que podría alimentar el debate político es la inclusión de jugadores que, según la visión del gobierno de Trump, no deberían haber sido elegibles para la ciudadanía estadounidense desde un principio.
Como una de sus primeras medidas tras regresar a la presidencia en enero, Trump firmó una orden ejecutiva para eliminar el derecho a la ciudadanía por nacimiento a los hijos de padres que no solicitaron la residencia legal permanente en Estados Unidos. El sistema judicial frenó la entrada en vigencia de la orden —por ahora—, y aunque llegara a implementarse, no tendría efecto retroactivo.
De todos modos, si esa ley hubiera estado vigente en su momento, el mediocampista del seleccionado estadounidense Yunus Musah no habría podido obtener la ciudadanía, ya que nació en Nueva York mientras sus padres estaban de vacaciones.
Luego están otros casos, como el del fullback Antonee Robinson, que nació en Inglaterra pero finalmente obtuvo la ciudadanía estadounidense gracias a la residencia en Estados Unidos de su abuela. O el de Sergiño Dest, nacido en los Países Bajos, que accedió a la ciudadanía estadounidense a través de su padre, de origen surinamés-estadounidense.
Viajeros extranjeros
Según proyecciones de la FIFA, el Mundial podría atraer a más de seis millones de visitantes extranjeros a Estados Unidos. Y si se confirman los recientes informes sobre turistas y trabajadores con visas válidas que fueron detenidos por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) sin motivos del todo claros, no sería descabellado pensar que algunos de los viajeros que lleguen por el Mundial también queden en la mira.
Frente a esto, la administración podría decidir suspender temporalmente esas operaciones durante el torneo, para evitar que estos incidentes cobren mayor notoriedad pública. Otros países anfitriones tomaron decisiones similares: en Rusia, durante el Mundial de 2018, se flexibilizaron considerablemente las normas de ingreso y circulación. A pesar de ser un país históricamente difícil de visitar, el gobierno ruso permitió la libre circulación dentro del territorio a cualquier persona que contara con una identificación de aficionado de la Copa Mundial y entradas para los partidos.
Sin embargo, aunque el presidente ruso Vladimir Putin pareció aprovechar la Copa del Mundo como una herramienta para intentar normalizar la imagen internacional de su país, no está claro si la administración Trump ve al Mundial con el mismo enfoque estratégico.
Rivales fronterizos
Una de las partes más extrañas de todo el armado rumbo a 2026 es que Estados Unidos podría ser coanfitrión del Mundial junto con Canadá y México, en medio de un clima de creciente tensión entre estos países limítrofes.
Si bien Trump presentó el miércoles su plan arancelario global, lo cierto es que ya viene amenazando con sanciones a productos mexicanos y canadienses desde hace meses. Incluso rompió un acuerdo comercial anterior que él mismo había negociado durante su primer mandato.
A lo largo de la historia hubo otros torneos organizados conjuntamente por países con relaciones tensas o rivalidades históricas, como el Mundial 2002 en Japón y Corea del Sur, o la Eurocopa 2012 en Polonia y Ucrania. Pero la posibilidad de un conflicto frío activo entre los coanfitriones del torneo de 2026 sería inédita, y podría generar una dinámica muy particular.
Aliados convertidos en enemigos
Y considerando la retórica, por momentos impredecible, de Trump en materia de relaciones internacionales —desde sus aspiraciones de anexar Groenlandia hasta aquel enfrentamiento público en la Oficina Oval con el primer ministro ucraniano Volodymyr Zelenskyy—, se vuelve difícil anticipar qué naciones podrían estar políticamente enfrentadas con Estados Unidos durante el verano boreal de 2026. Esa incertidumbre abre la posibilidad de que cualquier partido, incluso uno aparentemente menor, del equipo estadounidense (USMNT) adquiera un peso político significativo.
No es que los partidos de Estados Unidos hayan estado libres de connotaciones políticas en el pasado. Pero solían ser más previsibles. Están, por ejemplo, los cruces con Irán —viejo adversario internacional— en 1998 y en 2022; el partido de 2014 frente a Alemania, país natal del entonces técnico Jürgen Klinsmann; dos encuentros de fase de grupos contra Inglaterra; y aquel duelo de octavos de final frente a México.
*Con información de Forbes US.