En un año marcado por una volatilidad notable en los mercados, una clase de activo logró destacarse —y lo hizo en silencio— por encima de todas las demás: el oro. Mientras el Nasdaq acumula una caída del 12,2% en lo que va del año, el oro trepó un impresionante 27,2%. Esta diferencia de rendimiento, del 39,4%, pone sobre la mesa una verdad incómoda que muchos economistas y funcionarios se resisten a admitir: en tiempos de incertidumbre económica, los inversores siguen confiando en la reserva de valor más antigua de la historia.
En un contexto en el que Estados Unidos se ve envuelto en conflictos comerciales cada vez más tensos, y mientras algunos funcionarios incursionan personalmente en los mercados de criptomonedas, la idea de volver a la estabilidad del patrón oro parece, más que nunca, una alternativa sólida. No se trataría solamente de mirar hacia atrás con nostalgia, sino de adoptar una solución con visión de futuro frente a los desafíos económicos del presente.
El argumento por la estabilidad monetaria
Entre quienes impulsan un regreso al patrón oro se destacan figuras de la Escuela Austriaca de Economía, defensores del libre mercado y algunos economistas de corte liberal. Todos ellos comparten una convicción: vincular la moneda al oro permitiría controlar la inflación y fomentar una estabilidad económica más duradera.
El argumento a favor de la estabilidad monetaria es, quizás, el más convincente. Quienes defienden esta postura sostienen que un patrón oro —es decir, un sistema en el que la moneda está respaldada por una cantidad fija de oro— permitiría construir un esquema monetario más predecible, reduciendo de manera significativa el riesgo de inflación y devaluación que suele afectar a las monedas fiduciarias.
Cuando el dinero tiene respaldo en una materia prima física con valor intrínseco, como el oro, la capacidad de los bancos centrales para expandir la base monetaria se ve naturalmente limitada.
Esa conexión con un activo tangible introduce un nivel de disciplina en la política monetaria que, según muchos economistas, estuvo ausente desde que el gobierno de Richard Nixon abandonó formalmente el patrón oro en 1971. En las cinco décadas que pasaron desde entonces, el poder adquisitivo del dólar se deterioró de forma considerable, mientras que la volatilidad económica fue en aumento.
Menos intervención estatal
El atractivo del patrón oro va más allá de la estabilidad monetaria. También implica un límite concreto al poder del Estado. Al restringir la capacidad de los gobiernos para manipular la oferta de dinero a discreción, este sistema podría contribuir a reducir la inestabilidad económica y atenuar los ciclos de auge y recesión que caracterizan a las economías actuales.
El patrón oro, según sus defensores, crearía un equilibrio económico más natural, capaz de prevenir tanto la inflación como la deflación, al tiempo que permitiría un crecimiento sostenido.
Cuando los gobiernos tienen la posibilidad de emitir dinero sin límites y los funcionarios negocian acuerdos comerciales con un claro riesgo moral, se abren las puertas a tentaciones inevitables: resolver problemas políticos de corto plazo a costa de comprometer la salud económica de largo plazo. En ese escenario, el oro se convierte en una herramienta de disciplina que los políticos no pueden eludir con facilidad.
Contexto histórico: aprendiendo del pasado
Quienes defienden el patrón oro suelen apoyarse en la evidencia histórica para fundamentar su postura. La era del patrón oro clásico —aproximadamente entre 1870 y 1914— coincidió con un período de notable crecimiento económico, estabilidad de precios y expansión del comercio internacional. Durante esos años, las principales potencias económicas ataron sus monedas al oro, generando así un sistema monetario internacional de facto que facilitó el comercio global.
Jacques Rueff, economista que participó en el diseño de las reformas que estabilizaron a Francia a fines de la década del 50, declaró célebremente que "el patrón oro es el menos imperfecto de los sistemas monetarios". Su defensa se basaba en la observación directa de cómo funcionaban distintas políticas monetarias bajo diferentes regímenes.
Algo similar planteó Philip Cortney, expresidente de Coty, Inc. y del Consejo Estadounidense de la Cámara de Comercio Internacional. Fue un firme defensor de las monedas respaldadas por oro. Cortney argumentaba que abandonar el patrón oro abría la puerta a la inflación crónica, la manipulación cambiaria y la incertidumbre económica; predicciones que, según muchos analistas, se fueron confirmando con el paso de las décadas.
La conexión con las criptomonedas
La proliferación actual de criptomonedas —incluidas algunas desarrolladas por funcionarios de gobierno— puede leerse como un síntoma de la pérdida de confianza en las monedas fiduciarias tradicionales. El atractivo de Bitcoin y otras monedas digitales reside, en parte, en su escasez programada, que imita una de las características más valiosas del oro.
Ahora bien, a diferencia de las criptomonedas —que suelen ser volátiles y no cuentan con un valor intrínseco—, el oro supo mantener su poder adquisitivo a lo largo de civilizaciones y milenios. Un retorno al patrón oro permitiría combinar la estabilidad de una reserva de valor con eficacia comprobada y la transparencia de un sistema monetario que rinda cuentas.
Abordando los contraargumentos
Los críticos del patrón oro plantean varias objeciones que merecen ser tomadas en serio. Tal vez la preocupación más común tenga que ver con la oferta limitada de oro y con la duda de si podría respaldar de manera adecuada a economías globales en constante expansión. Pero esta crítica deja de lado un punto clave: un patrón oro moderno no necesita tener un respaldo del 100%. De hecho, en muchos casos históricos, el sistema funcionó con éxito aun con un respaldo parcial.
Por otro lado, hay economistas que sostienen que el patrón oro le pondría trabas a los bancos centrales en tiempos de crisis, al restringir su capacidad para expandir la oferta monetaria. Sin embargo, esa misma limitación podría funcionar como un freno a la toma excesiva de riesgos y al llamado "riesgo moral", que muchas veces es el preludio de las crisis. En ese sentido, el resultado podría ser un sistema más estable, con recesiones menos frecuentes y menos profundas.
Las advertencias sobre una posible manipulación del sistema por parte de los gobiernos son atendibles, claro. Pero también es cierto que se pueden mitigar con mecanismos de contabilidad transparente y cooperación internacional. Ningún sistema monetario está completamente a salvo de la manipulación —ni siquiera el fiduciario que usamos hoy—. La diferencia es que el patrón oro ofrece una mayor rendición de cuentas frente al público y límites físicos concretos a la expansión del dinero.
Un camino hacia adelante
La transición hacia un patrón oro, sin dudas, presentaría desafíos importantes que requerirían una planificación cuidadosa y una coordinación a nivel internacional. Sin embargo, los beneficios potenciales —como la estabilidad económica, la reducción de la inflación, una mayor disciplina en el gasto público y una renovada confianza en el sistema monetario— bien podrían justificar el esfuerzo.
En un contexto donde el panorama económico global se vuelve cada vez más incierto, marcado por tensiones comerciales y desequilibrios financieros, la estabilidad que ofrece una moneda respaldada por oro empieza a cobrar mayor atractivo. El notable desempeño del oro frente a las acciones durante este año podría ser apenas el comienzo de una tendencia de largo plazo, reflejo de las crecientes dudas sobre la sostenibilidad de los acuerdos monetarios actuales.
Las ideas de Steve Forbes y de otros defensores del patrón oro merecen ser reconsideradas con seriedad en el contexto económico actual. Su propuesta de un sistema monetario estable y honesto, basado en el oro, podría convertirse en una herramienta clave para enfrentar los desafíos del siglo XXI. Si Estados Unidos decidiera reafirmar su liderazgo monetario a través de un retorno al oro, podría volver a consolidarse como el referente económico por excelencia para el resto del mundo, generando condiciones propicias para una prosperidad global más sostenida.
Un dólar respaldado por oro no solo fortalecería la soberanía económica de Estados Unidos, sino que también podría sentar las bases para un nuevo orden internacional más pacífico. Un orden en el que la estabilidad financiera promueva la cooperación diplomática y reduzca las tensiones económicas que tantas veces terminan derivando en conflictos. En esa visión, el liderazgo estadounidense no se impone por la fuerza, sino por la firmeza de sus principios monetarios: sólidos, previsibles y beneficiosos para todas las naciones.
Nota publicada por Forbes US