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Adolescencia de Netflix. Fotos: Difusión
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Qué ver: Adolescencia, un sacudón de violencia fugaz en tiempos de ghiblizaciones

Matías Castro

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La serie que estalló en Netflix llegó apenas unos días antes del fenómeno producido por la nueva versión de procesamiento de imágenes del ChatGPT

4 Abril de 2025 07.00

Hay una escena de la miniserie Adolescencia en la que el hijo del policía que investiga le explica algo que parece digno de Conan Doyle o de Agatha Christie. Tal como en las novelas y cuentos de ellos, la clave está delante de las narices. En el caso de la serie, las pistas que delatan los móviles del delito bajo investigación son muy visibles en los emojis de las redes sociales. Para el detective, se trata de saber esas pistas, nada más. Y no dejarlas pasar como quien escrolea velozmente una foto tras otra, sin detenerse y analizarlas . El asunto es que el policía debe aceptar que enfrenta una barrera generacional que le impide interpretar los códigos de comunicación virtual entre el hijo y sus compañeros de generación. 

Así de sencillo. Sin embargo, ese no es el meollo de la serie. 

Desde hace un par de semanas todo el mundo habla de esta miniserie de cuatro episodios que estrenó Netflix de sopetón (como casi todas sus producciones). Al mismo tiempo, ha explotado la tendencia a "ghiblificar" fotos, es decir, de procesarlas con una función nueva de ChatGPT para que las reconstruya al estilo del estudio de animación japonés Ghibli. 

Ambos fenómenos virales invadieron conversaciones, provocaron discusiones, generaron decenas de videos de personas que quieren explicar lo que sucede y se convirtieron en temas casi inevitables. Es probable que, dentro de un par de semanas, el humo se disipe y las discusiones cambien su foco hacia un nuevo fenómeno explosivo nacido en redes o plataformas. Y luego de ese habrá otro. 

Pero, antes de desestimar estos dos temas solo por ese factor de su posible fugacidad, es mejor entrar en ellos. Ambos remiten a fenómenos de redes que tienen un impacto en la vida real. Y como el asesinato que dispara la trama de Adolescencia, un acto brutal e instantáneo que genera consecuencias a largo plazo, la velocidad de estos fenómenos tiene sus efectos.

Adolescencia de Netflix. Fotos: Difusión
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La intensidad del plano secuencia

La miniserie trata sobre un chico de 13 años que es arrestado bajo la acusación de haber matado a puñaladas a una compañera. Fue creada por el escritor Jack Thorne (Enola HolmesLa materia oscura y la nueva película de Tron) y el actor Stephen Graham, conocido por Peaky Blinders y una gran cantidad de papeles secundarios en producciones de perfil alto como Piratas del CaribePandillas de Nueva York

En este caso, además de coescribir los guiones junto a Thorne, Graham tomó el papel del padre del chico acusado. Su rol es muy importante durante el primer y último episodio ya que es quien sostiene y expresa las consecuencias dramáticas de la situación. Su cara y su cuerpo cargan con el peso del asunto. 

En lo formal, Adolescencia apela a un recurso que suele ser muy efectivo para transmitir tensión y agilidad, cada episodio está filmado en una sola toma. Es decir, en planos secuencia. Esto significa que no hay cortes (aunque suele haberlos, casi imperceptibles) y que la cámara sigue a los personajes en tiempo real. En el primer capítulo, la cámara arranca con la situación de la redada policial en la casa del chico acusado, los sigue hasta la comisaría, continúa filmando los procedimientos formales y se encierra en las salas de interrogatorios. Hay tensión, ritmo y la sensación de que se está ahí presente, caminando o incluso bailando entre los personajes. 

Adolescencia de Netflix. Fotos: Difusión
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El efecto de los planos secuencia suele ser impactante y vertiginoso. Muchas veces sirve más para alardear de la habilidad de los fotógrafos, escenógrafos y coreógrafos que para apoyar el drama o la obra cinematográfica. En la uruguaya La casa muda, la escena continua tenía un efecto inmersivo en la situación aterradora que se narraba en tiempo real. En La soga, Hitchcock usó un plano secuencia (con un único corte, que los buenos cinéfilos saben cuándo se produce), de manera funcional para contar una historia de suspenso creciente que transcurría durante 80 minutos en una habitación. El ejemplo histórico más famoso y elogiado es el de Orson Welles y la tensa apertura de Sed de mal, de 1958.

Por otra parte, se pueden citar incontables usos no tan necesarios del recurso. Las tres temporadas de la serie Daredevil incluyen, en alguno de sus capítulos, planos secuencia para mostrar peleas extensas con muchos participantes, al igual que en John Wick 4, pero no son más que proezas de cámara y coreografía aplaudibles, pero no imprescindibles. Sucedía algo similar en la segunda temporada de la brillante Fargo, cuando Billy Bob Thornton va matando gente dentro un edificio y la cámara lo sigue desde afuera.

Para Adolescencia, el plano secuencia aporta intensidad (fundamental para competir en la era del streaming y de la atención dividida en pantallas simultáneas). Es infrecuente ver el recurso aplicado a un drama y en eso diferencia formalmente a la serie. Pero, si se lo piensa dos veces, es prescindible para lo que cuentan. 

La marea de productos

"Luego de que la vi estuve varios días buscando interlocutores para poder hablar de la serie, porque había quedado con muchas preguntas, con muchas reflexiones, porque realmente no fue una serie más", dijo el sicólogo uruguayo Roberto Balaguer en En Perspectiva. Qué suerte que al menos alguien eligió tomarla así porque en la vorágine de producción y consumo, la tendencia es que todo producto llega, golpea y es sustituido por mil productos más.

El asunto que ha establecido a la miniserie como tema de conversación es el de la violencia de género entre adolescentes, la comunicación intergeneracional, la popularización del término "incel" y las percepciones distorsionadas sobre la sexualidad en esa etapa de la vida. 

Lo de la violencia tiene que ver con la inspiración que movió al actor Stephen Graham al ver cómo se producía un aumento de acuchillamientos en Reino Unido, vinculados a combinaciones de misoginia y bullying. Lo de incel, que significa célibe involuntario, va más allá. 

La palabra incel se popularizó hace un par de años con el ascenso del movimiento libertario en Argentina y con algunos grupos pro Trump en Estados Unidos. Ya existía desde hacía mucho más de una década, porque en el popular foro de Taringa muchos usuarios se calificaban como lince, que es lo mismo pero en otro orden. 

La serie, con su potencia narrativa y el impacto que tiene desde el primer minuto, puso la palabra incel en el centro de la discusión. Estaba ahí, pero no le prestábamos atención. Hasta que hubo un asesinato ficticio que la colocó en el medio de la escena. 

Hay un factor más, que es el del vehículo a través del que nos llega esto. No se hablaría de incels ni de "ghiblificación", sino fuera por el medio a través del que se producen. Adolescencia se estrenó en Netflix que, por más que haya muchas otras plataformas poderosas, sigue siendo la primera a la hora de lanzar producciones y generar debate o al menos temas de conversación en la sociedad. 

Stephen Graham y su coguionista Jack Thorne tuvieron una buena intención artística. Lograron una obra fuerte; encontraron un actor adolescente a la medida y reflexionaron sobre el efecto de la violencia nacida en redes sociales.

El efecto Ghibli llega al mundo mediante ChatGPT, el modelo de lenguaje denominado inteligencia artificial que es tema obligado de titulares todos los días desde hace dos años. Cualquier cosa que salga de ahí será noticia y tendrá impacto. En este caso, lo que surgió fue un polémico recurso que permite transformarnos en personajes adorables de uno de los estudios de animación más queridos del mundo. 

Tanto Netflix como ChatGPT son grandes fábricas de productos que llegan, golpean y son sustituidos por otros. Series, prompts, todo es producido y consumido en grandes cantidades, más allá de toda lógica y sentido. Y a su vez, son dos grandes centros virtuales de referencia para nuestras vidas cotidianas.

Ambas construyen marcas sobre sus marcas. Incels dentro de Netflix. Ghibli dentro de ChatGPT. Y así se potencian entre ellas. 

Adolescencia de Netflix. Fotos: Difusión
Adolescencia de Netflix. Fotos: Difusión

Cuando menos, Stephen Graham y su coguionista Jack Thorne tuvieron una buena intención artística. Lograron una obra fuerte; encontraron un actor adolescente a la medida y reflexionaron sobre el efecto de la violencia nacida en redes sociales. Por lo menos, Balaguer vio en la serie algo más que el entretenimiento número uno de la semana y la identificó como un disparador de reflexiones y una obra que, con suerte, se podría rever y analizar a futuro para conversar en ámbitos familiares.

El problema está en la velocidad. 

Así como la narrativa es intensa, nos agarra a los empujones y nos lleva corriendo desde la casa del adolescente hasta la comisaría, su colegio, su internación y más, también nos abandona. 

Nos sacudimos, nos conmocionamos y luego olvidamos para pasar a la siguiente serie. Es, en parte, inevitable si la sumatoria de Netflix, Disney+, Amazon, el cable, YouTube y las redes sociales nos inundan sin parar. Del mismo modo que aprendemos a usar el prompt adecuado y convertimos nuestra foto familiar en un fotograma sacado de una película de Ghibli, para sumar una más a millones de fotos procesadas en pocos días, que inundarán las redes para ser sustituidas y olvidadas en otros pocos días más.

Ahí está el problema del arte ante los actuales medios de difusión y consumo. 

Las décadas de trabajo de Hayao Miyazaki (cabeza de Ghibli y el animador más reverenciado del planeta) se disuelven en un prompt y en discusiones de Twitter. El tiempo de trabajo para hacer Adolescencia y los intentos de sus responsables por hacer un aporte al debate en nuestra sociedad y dejar una obra, se consumen en cuatro horas y un rato de chats. 

La clave está en los espectadores y espectadoras, para reaprender a consumir más lentamente, de tal forma que se pueda apreciar una película de Ghibli en lugar de sumarse a una tendencia o terminar una miniserie y darse un tiempo para digerirla antes de empezar con otra. 

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