Un asalto modelo
Ya no quedan sitios seguros. La violencia se han extendido a todas las esferas. Los asaltos a viviendas y a transeúntes se multiplican. Caminar y habitar entrañan riesgos.

Hablar de la violencia se ha vuelto un lugar común. Se ha regado como aceite a todas los escenarios. Se ha convertido en identificador e insignia del país. Figuramos con vergüenza entre los países más violentos del mundo. Los turistas que se arriesgan son advertidos sobre el riesgo que representamos. Paisito violento, paisito de sangre.

La violencia, con todo el dolor que supone, también es objeto de manipulación. Mediática y política.  En los medios se vuelve sello de crónica roja: sucesión anárquica e interminable de casos sueltos sangrientos.  En el mundo político se convierte en pretexto y arma para culpar a los otros. Ni idea de la complejidad, del carácter transnacional, de los recursos necesarios, del aprendizaje de experiencias exitosas.

Los asaltos continuos en  calles y en viviendas no figuran normalmente en estadísticas y noticieros. Sin embargo, en la comunicación cotidiana, casi todas las personas y familias aseguran conocer de estas experiencias. Se desconoce si se han iniciado investigaciones, persecución a los bandidos, precio a sus cabezas. En parte por eso, y también por la habilidad de los hampones, los asaltos parecen naturalizarse con el tiempo.

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Un "modelo" de estos asaltos se produce con cierta frecuencia en conjuntos habitacionales y viviendas de clase media. Han fijado su nicho preferente en los alrededores de Quito: Nayón, Cumbayá, Tumbaco. Sus autores: grupos de 6 a 8 individuos, hombres y mujeres, bien vestidos y de hablar educado. Llegan  elegantes en varios vehículos e ingresan sometiendo al guardia del conjunto o violentando seguridades en casas particulares.

Uno de los últimos eventos tuvo lugar cerca de Nayón. 6 asaltantes, 4 varones y 2 mujeres, con pasamontañas y en 2 vehículos, tomaron por asalto una vivienda. En su interior, 5 personas (3 mujeres y 2 adolescentes) fueron sometidos a la fuerza, con pistola en mano y con vocabulario florido. Ataron manos y pies de las víctimas y las obligaron a acostarse boca abajo en diferentes habitaciones. Una de las señoras fue manoseada por uno de los asaltantes.

Los criminales, con todo el tiempo del mundo, buscaron cajas fuertes y hurtaron joyas, efectivo, tarjetas, celulares, laptops, televisores, cédulas, pasaportes y cuanto objeto de valor encontraron. Concluyeron llevándose los 3 autos estacionados. El calvario de las víctimas no terminó ahí. Los trámites para la denuncia, el bloqueo de tarjetas y los seguros en medio del shock agregaron dificultades, en lugar de aliviarlas.

El asalto revela la profesionalización de los malandros. Planeación meticulosa, investigación y seguimiento, división de roles, armas disponibles, focalización, rutas de escape, venta o uso del botín. Hechos que marcan un modelo sofisticado que se repite: operación de uno o varios equipos, estructuras sólidas, liderazgos fuertes, "principios" sagrados, formación de sus actores.

Resulta comprensible, que las autoridades pongan el énfasis de su acción en las operaciones criminales más crueles y despiadadas. Es esencial, sin embargo, no descuidar este frente de la criminalidad organizada. Y advertir que estos sujetos se conectan o son brazos operativos de grandes pandillas, ligadas al narco. Ellas cooptan a bandas menores, subcontratan, tercerizan. 

Vale recordar que este mundo del hampa no duerme nunca. Se recomponen de inmediato ante la muerte o apresamiento de sus líderes. Y disputa a bala los territorios de dominio. Hoy menos estables por la baja relativa de la cocaína y la emergencia del fentanilo. Estos cambios explican en gran parte, las guerras internas y el ajuste de cuentas.

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Nuevos peligros, nuevas actitudes

La violencia no deja inmune a nadie. Casi no  quedan lugares seguros. Caminar, pasear,  transportarse, habitar, se ha vuelto peligroso. La policía -con todos sus sacrificios y debilidades- parece no tener la capacidad de frenar a la inmensa y sofisticada y millonaria criminalidad. No podría tampoco, destinar efectivos para cada casa y cada funcionario en riesgo. 

Sin descartar la acción de policías, la problemática nos impele a actuar. Al menos en dos frentes. El primero, el incremento de medidas de seguridad: cámaras, alarmas, guardias, precauciones con dinero, tarjetas, celulares, laptops. Y el segundo, la organización local. Ya existen buenas prácticas en barrios de la ciudad que podrían generalizarse. Sin llegar, a los extremos de armarse o linchar a los hampones. 

Un elemento adicional: la cultura del miedo que nos acorrala. Nos fuerza, junto con las soluciones concretas, a alterar nuestras creencias, a ampliar las solidaridades, a construir nuevos escenarios de paz. Tomará tiempo pero algún momento habrá que empezar.  (O)