Según mi teléfono, de lunes a viernes paso hasta seis horas frente a su pantalla y la mitad de ese tiempo estoy en whatsapp escribiendo mensajes laborales, familiares y personales. A esto debo sumar al menos unas cinco horas ante la pantalla de la laptop en la que trabajo, estudio y escribo este artículo. De acuerdo con cifras del portal DataReportal, a escala mundial una persona pasa casi siete horas frente a una pantalla navegando en internet, cifra desmedida si se tiene en cuenta que lo recomendable es no pasar más de dos horas.
Sí, ya todos sabemos que vivimos una suerte de dependencia o esclavitud de nuestros smartphones. Muchos caen dormidos con el celular en la mano, otros lo tienen como despertador en las mañanas. Los que sufren de insomnio se refugian en esa pequeña pantalla en la que muchos de ustedes leen este artículo. El teléfono está allí, los siete días de la semana y las 24 horas del día. Pero no estamos para sermones al respecto; cada uno de nosotros sabe lo productivo o procrastinador que es cuando está ante ese 'black mirror' que nos mira y nos domina.
Prefiero analizar una acción básica y primaria de las personas: hablar. Hablar con los conocidos y los desconocidos. Hablar con el conductor del taxi y con quien compartimos asiento en un bus o en un avión. Hablar con el vecino y con esa persona que llega igual que nosotros a la oficina y toma el ascensor, sin cruzar palabra. Con el portero, con el vecino, con el repartidor y con la señora de la tienda o de la fila del supermercado. Basta un 'buen día', un 'gracias', 'como va el día' o un 'por favor'. O un 'qué le parece lo que dijo...' o el clásico 'parece que va a llover' Las palabras son llaves que abren puertas.
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¿De qué hablar? De todo: de política, de economía, del último partido de fútbol, del clima o del más reciente reality que vemos. Vale hablar siempre, somos seres gregarios, sociales (el ser humano vive en comunidad hace cerca de 6.000 años y allí se habla mucho). Todos buscamos ser parte de un grupo y ya tuvimos suficiente aislamiento entre 2020 y 2021. Hablar nos lleva a conversar y una conversación no le cae mal a nadie. Un minuto, cinco o más.
Un artículo de la BBC titulado 'Por qué hablar con extraños puede hacernos más felices' señala que en un momento en que tantas personas se sienten solas, ajenas, excluidas, desconectadas, pesimistas, "puede ayudarnos a construir o reconstruir redes sociales, reconectarnos con nuestras comunidades y reforzar la confianza en las personas que nos rodean". El mismo artículo indica que hablar con extraños también puede hacernos más sabios, más mundanos y más empáticos, según la profesora de la Universidad de Harvard, Danielle Allen.
Es sencillo. Hablar nos ayuda a conectar con los demás. En el caso de los conocidos conversar con la gente nos ayuda a forjar nuevas conexiones y a profundizar las existentes. Hablar con los amigos, con la pareja, con los hijos y la familia ayuda a reducir el estrés y, casi siempre, mejora los ánimos.
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¿Y cuándo hablar con la gente? Para romper el hielo, para generar empatía, para entender a los demás, cuando estamos hartos de las pantallas y los espacios virtuales. Cuando decidimos levantar la cabeza, desconectarnos del teléfono y preferimos mirar al cielo y saber que estamos rodeados de otras personas que también quieren hablar.
En tiempos de campaña electoral hablemos de política. En la era de la inteligencia artificial hablemos de tecnología. En momentos de incertidumbre hablemos del amor, de nuevos planes y del futuro. Cuando la salud mental es un tema fundamental hablemos de eso. (O)