Tengo en mi mente varios recuerdos de proyectos que emprendí desde joven, sin ser realmente consciente de que lo eran. Recuerdo estar atenta a los recesos para iniciar la venta "clandestina" de chocolates en el colegio. Tenía chocolates de todas las formas: pequeños osos, corazones, paletas rellenas, chispas de chocolate... todos elaborados con el mayor cuidado y detalle.
Los envolvía en papel celofán transparente para que se distinguiera el producto, y los adornaba con un lazo que los hacía aún más atractivos. Pero lo mejor era la calidad, o al menos eso imagino, porque mis compañeras no paraban de comprarlos. Otra posibilidad es que, sin quererlo, haya generado una adicción al dulce que las hacía buscarme constantemente para comprar más.
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Este emprendimiento fue un éxito. Entre receso y receso, mis compañeras golpeaban la puerta de mi aula para pedirme lo que tuviera en ese momento (es inevitable no reír mientras escribo esto). Tenía 17 años.
Hoy me doy cuenta de que siempre estuve dispuesta a resolver problemas de la vida real. Para ello, emprendí muchas otras cosas.
Más adelante, junto con un par de músicos, ofrecíamos nuestros servicios en eventos religiosos. Canté en matrimonios, bautizos, primeras comuniones y hasta en uno que otro funeral. Además de disfrutar la música y el canto, esto me permitía obtener un ingreso extra los fines de semana. Sin embargo, el proyecto no prosperó: mis socios se quedaban con la mayor parte del pago, así que, al notar que terminaba perdiendo más de lo que ganaba, decidí abandonarlo.
Años después, cuando necesitaba reunir dinero para un viaje a Europa, tuve que idear otra estrategia. Iba a un encuentro con jóvenes de todo el mundo y el viaje era costoso. Así que, una vez más, mi gran proveedora (mi madre) tejió unos hermosos collares y aretes con piedras de todo tipo, que vendí en cualquier lugar donde se presentara la oportunidad.
Recuerdo especialmente una escena: extendí una sábana en el piso y expuse los collares. Al principio me pareció descabellado y audaz, pero cuando vi que jóvenes de quién sabe qué países se acercaban y compraban, supe que en un par de horas vendería toda la mercadería y reuniría el dinero suficiente para continuar mi camino.
Tenía 22 años y, con cada venta, mi satisfacción crecía. No solo obtenía ganancias para cumplir mis objetivos, sino que lo hacía de forma honrada y con esfuerzo.
Sin darme cuenta, aprendí sobre costos, marketing, negociación y administración de recursos. Estaba resolviendo un problema real -la limitación de recursos- con creatividad y determinación. No fue algo que me enseñaron en la escuela, sino que lo aprendí por necesidad.
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Hoy entiendo que, sin saberlo, estaba aplicando el aprendizaje basado en proyectos, el "aprender haciendo", enfrentando problemas reales y buscando soluciones prácticas.
Estos recuerdos volvieron a mi mente hace unos días, cuando a mi hijo le asignaron un proyecto de economía. Ha estado aprendiendo sobre bienes y servicios, oferta y demanda, elaboración de presupuestos y más. Ahora deberá crear un plan de negocios para vender un producto en la escuela. Me parece valioso que tenga la oportunidad de vivir este proceso con una estructura que lo guíe, algo que yo no tuve.
Cuando le pregunté qué quería hacer, no tuvo una respuesta clara, pero algo ingenioso se nos ocurrirá. Tendremos que partir de una necesidad o afición. Lo importante es que aprenderá haciendo, como yo lo hice, pero con la ventaja de contar con orientación.
La educación debe fomentar el pensamiento crítico, el discernimiento y la capacidad de enfrentarse al mundo real. Solo así garantizamos que los niños sean capaces de resolver problemas y no solo memorizar teorías. (O)